La componente ambiental del BREXIT

La componente ambiental del BREXIT
Las implicaciones del Brexit para la libre circulación de personas, capitales y mercancías; y para el medio ambiente y la lucha contra el cambio climático

El 23 de junio de 2016 el Reino Unido decidió mediante un referéndum desligarse de la Unión Europea, lo que se conoce como el Brexit. Los ciudadanos británicos ya habían sometido su permanencia al proyecto europeo a referéndum en 1975, cuando todavía se trataba de la Comunidad Económica Europea. En aquella ocasión, la decisión de seguir ligados ganó con amplitud.

Tal vez por el recuerdo de aquel primer referéndum, y a pesar de que la relación entre el Reino Unido y la Unión Europea siempre estuvo marcada por desencuentros y diferencias, como su rechazo a participar en la moneda común, lo cierto que pocos preveían el triunfo del No. Ahora, a la espera de que comience un proceso que se demorará por tres años, y que tendrá como conclusión su acta de salida efectiva de la UE, la incertidumbre rodea al futuro europeo en varios campos. Entre ellos, y con no poca transcendencia, se encuentra la relación entre Brexit y medio ambiente.

La preocupación más inmediata: la libre circulación

La libre circulación de productos y personas es el cambio de mayor calado que aportó la construcción europea. Determinó una nueva forma de relacionarse entre los diferentes Estados de la Unión y entre sus ciudadanos. Por lo tanto, la consecuencia más inmediata a tener en cuenta en el análisis del Brexit es el futuro del tránsito de mercancías, de capitales y de personas entre los países que siguen formando la UE y el Reino Unido.

En primer lugar, es importante para el propio Reino Unido. Desde el punto de vista de la libre circulación de mercancías, la aparición de aduanas puede ser determinante. Las aduanas pueden entorpecer el tránsito de mercancías simplemente por medio de trámites administrativos, sin contar con un efecto que puede resultar devastador para el comercio: los aranceles. La adopción de una política proteccionista supondría un solo un obstáculo para su comercio internacional, sino que muchas empresas extranjeras que tienen sus fábricas en la isla, pero cuyo objetivo es el mercado europeo, podrían desmantelar sus centros de producción y trasladarlos al continente. Desde el punto de vista financiero, la City londinense podría sufrir la pérdida de su posición de privilegio si la Unión Europea decide imponer trabas a la libertad de movimiento de capitales. En este caso, no sería extraño que apareciese un centro financiero competidor con la City en el espacio europeo. Y desde el punto de vista político, las restricciones a la libre circulación pueden ocasionar tensiones en zonas del Reino Unido que votaron de forma masiva por la permanencia, y que tienen frontera terrestre con la UE, como Irlanda del Norte o Gibraltar; o el caso de Escocia, que en 2014 votó por la permanencia en el Reino Unido bajo la amenaza de que una secesión supondría su expulsión del entramado institucional europeo.

En segundo lugar, es importante para el resto de países de la UE. El Reino Unido es un socio comercial de primer orden para muchos países de la UE, como es el caso de España. Aunque los partidarios del Brexit hicieron mayor hincapié en restringir la circulación de personas, y en ningún caso pretenden restringir la de capitales, no se puede obviar la posibilidad de una imposición de aranceles a las mercancías extranjeras en un nuevo marco proteccionista. Las restricciones aduaneras podrían empujar a las empresas que exportan en el Reino Unido a buscar nuevos mercados. Además, la posibilidad de una libra devaluada puede perjudicar la llegada de turistas británicos, porque España ya no sería un destino tan competitivo con el nuevo cambio entre libra y euro. Tampoco se puede olvidar que con el Brexit se podría restringir el acceso de los estudiantes europeos a los centros educativos británicos, cerrando un largo ciclo de intercambio que ha sido muy beneficioso para ambas partes.

Estas posibilidades se irán definiendo en el régimen transitorio que se adopte. Las opciones van desde una UE y un Reino Unido separados por enormes trabas a la circulación de productos, personas y capitales, a un acuerdo comercial del estilo que tiene actualmente la UE con Noruega, como socio preferente.

Efectos sobre el medio ambiente

Desde una perspectiva medioambiental, una vez que el Reino Unido se aparta del camino común europeo, hay tres grandes políticas en las que pueden romper toda coordinación con sus antiguos socios: la política pesquera, la política agraria y la política energética. En las dos primeras, Londres puede decidir aumentar las cuotas pesqueras en sus aguas territoriales, o ceder ante sus productores agrícolas hacia una producción más intensiva y menos amable con el medio ambiente. Un claro ejemplo de esto es el glifosato, un herbicida dañino para la fauna silvestre y para el ser humano. Mientras en la UE se debate su erradicación más allá de diciembre de 2017, en el Reino Unido los sindicatos agrarios realizan presiones para que se sigan utilizando en su agricultura. Además, el Reino Unido quedará fuera de la Red Natura 2000, un marco común en la UE para la protección de la vida silvestre creado a partir de la Directiva Aves (1979) y la Directiva Hábitats (1992).

La ruptura de los patrones a los que estaban sometidos los británicos como miembros de la UE en lo referente a políticas energéticas es lo que relaciona de forma preocupante Brexit y cambio climático. Normas comunes sobre contaminación atmosférica, depuración de aguas o consumo energético quedan ahora en suspenso, pues desaparece la obligación de introducir en su ordenamiento jurídico las leyes de protección ambiental aprobadas por la Unión.

La perspectiva se torna un tanto pesimista si se tiene en cuenta que los líderes del Brexit más significativos, como Nigel Farage o Boris Johnson, niegan los efectos del cambio climático. En el caso Boris Johnson, el que fue alcalde de Londres apuesta por aumentar el peso tanto de las centrales térmicas como del carbón que emplean como combustible. Es una vía contraria a la de Bruselas, que apuesta por reducir el carbón empleado en las centrales térmicas, como paso previo a su desmantelamiento en favor de las energías renovables. Un ejemplo que ilustra esta incertidumbre sobre el futuro energético que ha generado el Brexit es el de Siemens: la empresa alemana ha congelado la construcción de una planta eólica en la ciudad de Hull. Se trata de un síntoma claro de la oscura perspectiva que relacionan Brexit y calentamiento global.

Acuerdo de París

Brexit y gases GEI (gases de efecto invernadero) están relacionados en la firma del Acuerdo de París por parte de la Unión Europea. La aplicación del Acuerdo de París, firmado en 2015, se hará efectiva en el año 2020, cuando expire el vigente Protocolo de Kioto. La intención de este acuerdo es contener la emisión de gases de efecto invernadero para evitar el aumento de la temperatura. Su objetivo es un aumento muy inferior a los 2º C en relación con los valores preindustriales. Este acuerdo está relacionado con el paquete comunitario 2030, que establece la cuota de emisiones de cada Estado miembro hasta ese año. Con el Brexit, se establecen tres posibilidades: que el Reino Unido mantenga su cuota; que decida no respetar su cuota, y que se reparta el esfuerzo entre los restantes Estados miembros; que decida no respetar su cuota, y que los demás países no se hagan cargo de ella. Naturalmente, la primera opción sería la más beneficiosa en la lucha contra el cambio climático, mientras que la última la más perjudicial.

¿Puede ser el Brexit una oportunidad?

No todas las perspectivas sobre el Brexit giran en torno a las amenazas. En el momento de analizar los efectos de la salida del Reino Unido de la UE, hay expertos que se inclinan por ver esta situación como una oportunidad para avanzar con paso firme hacia las energías renovables. Desde este punto de vista, Londres es percibida como un freno constante que va a dejar de actuar. No solo en materia energética, sino también en políticas fiscales, sociales o presupuestarias. Por ejemplo, fue el Reino Unido quien se opuso a la creación de impuestos sobre los combustibles fósiles como el queroseno, y ahora sería posible caminar con paso firme hacia compromisos más audaces en materia de energías renovables.

En definitiva, y sobre todo en lo tocante a política energética y cambio climático, se abre ante el Brexit un abanico de posibilidades que dependerá, en gran medida, de la implicación de Londres en la protección del medio ambiente y la lucha contra el cambio climático. Poco a poco, el Reino Unido tendrá que ir tomando decisiones que atañen al respeto o no de su cuota de emisiones de gases de efecto invernadero, si apuestan por el aumento del carbón en sus centrales térmicas en lugar de energías renovables, o como afrontarán la protección de sus espacios naturales. La UE, por su parte, tendrá que esperar la decisión del Reino Unido sobre el respeto o no respecto a sus cuotas de gases de efecto invernadero. Además, tal vez se abra la posibilidad de desarrollar una política energética más audaz y decidida hacia las renovables.

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